En los recreos de Aspace aprendí a hacerme una pregunta que ya no he dejado de hacerme: ¿por qué no? Esta entrada va de hasta dónde me llevó esa pregunta en mis comienzos como deportista. Empieza con unos seminarios de deporte adaptado, sigue en un salón de actos dos días a la semana y acaba en 1991, el año en que me seleccionaron para competir por España.
Unos seminarios y un sí
Lo del fútbol era en los recreos. Lo que vino después empezó de otra manera. En 1989, desde Aspace organizaron varios seminarios de deporte adaptado, y me llevaron. No era cualquier cosa: los ponentes venían del ámbito internacional, y los que estábamos allí éramos de toda España. Para un chaval que hasta entonces solo conocía Gorliz, Logroño y Aspace, aquello ya era abrir una ventana muy grande.
¿Y qué es eso del deporte adaptado? Suena a versión descafeinada y no lo es en absoluto. Adaptado quiere decir que las reglas y el material se ajustan para que puedas competir, no que se compita menos. Y va con lo que se llama clasificación funcional: te agrupan con deportistas que tienen una afectación parecida a la tuya, para que la pelea sea justa. Traducido: no compites contra tu cuerpo, compites contra gente en tus mismas condiciones. Y ahí ya no hay excusas para nadie.
Y aquello me atrajo. Así que cuando la dirección de Aspace me propuso hacer la actividad, dije que sí. El «¿por qué no?» del patio ya lo llevaba dentro.
Empecé con tres cosas a la vez: atletismo, slalom en silla de ruedas y boccia.
Atletismo, slalom y boccia: por qué me quedé con la boccia
El atletismo lo entiende todo el mundo: la pista, la silla, las carreras. Me gustaba, y durante un tiempo lo compaginé con la boccia. Y no se me daba mal: en atletismo gané cuatro Campeonatos de España.
El slalom en silla de ruedas es menos conocido. Es una prueba de habilidad: recorrer con tu silla un circuito lleno de puertas, giros y obstáculos, en el menor tiempo posible y sin tocar nada. Es como el slalom de esquí, pero sobre ruedas y en una pista. Yo lo hacía con mi silla eléctrica, la misma que me había dado la libertad de ir a donde quería. En el slalom, además, me dejaba competir.
La boccia hay que explicarla, porque casi nadie la conoce. Es un deporte de precisión, primo de la petanca: se lanzan unas bolas de cuero, de colores, intentando acercarlas lo más posible a una bola blanca que hace de diana. Se juega sentado, en una pista cubierta. Y está pensada desde el principio para personas con parálisis cerebral y afectaciones parecidas. No es una adaptación de otro deporte: es un deporte hecho para cuerpos como el mío.
Y ahí estaba la clave. En el atletismo yo competía a pesar de mi cuerpo. En la boccia competía con mi cuerpo. Mi parálisis cerebral, con la atetosis y la espasticidad que ya conté en la primera entrada, encajaba en la boccia de una manera que en la pista no encajaba.
Y había otra cosa: la boccia tenía más salida. Más competiciones, más campeonatos, y sobre todo competiciones internacionales. En el atletismo, para alguien como yo, el techo estaba mucho más cerca: podía ganar en España, como ya había hecho, pero fuera lo tenía mucho más difícil. En la boccia, el techo estaba muy lejos. Así que, de los tres, me quedé con la boccia.
Cómo juego yo: la canaleta y el asistente
Dentro de la boccia hay categorías, según lo que puede hacer cada cuerpo. La mía es la que hoy se llama BC3. Es la de los que no podemos lanzar la bola con la mano ni con el pie, así que la lanzamos con una canaleta: una rampa que se apunta hacia donde quieres que vaya la bola, y por la que la bola baja rodando hasta la pista.
Y como tampoco puedo mover la canaleta solo, tengo un asistente. Una persona que la coloca, la sube, la baja y la gira siguiendo mis indicaciones. Pero con una regla que lo cambia todo: el asistente está de espaldas a la pista. No puede mirar el juego. No puede aconsejarme. Solo puede hacer exactamente lo que yo le pido. La estrategia, la puntería, la decisión de a dónde va cada bola, todo eso es mío. Él es mis brazos. La cabeza soy yo.
Así que cuando digas «medalla de Santi», piensa también en quien estaba detrás de la canaleta sin poder ver nada. Sin esa persona no hay lanzamiento.
Jugué con canaleta desde el principio. Y asistentes he tenido unos cuantos a lo largo de los años.
Aprender a jugar
Entrenábamos en un salón de actos, dos días a la semana. Me enseñó el encargado de deporte que había entonces en Aspace, y no entrenaba solo: lo hacía con otros deportistas de Aspace.
Y entonces, entrenar era eso: jugar. Íbamos al salón de actos a jugar. Lo de entrenar como entrena un deportista de alto nivel vino después.
¿Y la canaleta? Pues como todo en la vida. Al principio todo eran sensaciones nuevas: apuntar con una rampa, decirle a otra persona cuánto subirla y cuánto girarla, y esperar a ver dónde acababa la bola. Unos días iba mejor y otros peor.
Y ahí aprendí algo que me ha servido para todo lo demás: a superarme. Si un día salía peor, al siguiente volvía a intentarlo.
Pamplona, 1989: el primer Campeonato de España
Mi primer Campeonato de España fue en 1989, en Pamplona. Competí en los tres deportes, atletismo, slalom y boccia, y cayó alguna medalla.
Lo que sentí allí fue un cúmulo de cosas, todas a la vez. Superación, la primera. Y la sensación de estar haciendo cosas que nunca me habría imaginado. Era lo mismo que había descubierto en el patio de Aspace con el fútbol, pero ahora en una competición de verdad, y con alguna medalla al final.
Y empecé ganando: en aquellos primeros años me llevé algún Campeonato de España de boccia.
Eso, para un chaval que llevaba poco tiempo en Aspace, era mucho. Pero era competir en casa: en Pamplona, en la misma Navarra donde estaba Aspace, y contra gente que conocías. Lo de fuera era otra cosa.
Y lo de fuera llegó enseguida. En 1991 me seleccionaron para el equipo nacional. Iba a competir por España.
Lo que me dejaron aquellos comienzos
Si lo miro con distancia, aquellos primeros años me dieron mucho más que unos cuantos campeonatos.
Me dieron la costumbre de intentarlo. Repetir un lanzamiento hasta que sale. Tener un día peor y volver al siguiente. Esa costumbre no se guarda en una vitrina, pero la he usado todos los días desde entonces, en cosas que no tienen nada que ver con el deporte.
Y me dieron una prueba. Durante años me habían dicho, o me habían hecho sentir, que había cosas que no eran para mí. En un salón de actos de Aspace, dos días a la semana, empecé a demostrar lo contrario, bola a bola.
Aquel chaval que unos años antes estaba en una galería de Gorliz, en fila y en silencio, iba a competir con la camiseta de su país. Lo que vino después, el deporte de alto nivel, va en la siguiente entrada.

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