En la entrada anterior conté el viaje a Aspace, los primeros días esperando un golpe que no llegó, y lo que me supuso que alguien me mirara como a una persona y no como a un caso. Aquí va lo que vino justo después: el primer año. El de aprender cómo era vivir allí. Y el de descubrir, casi sin querer, una cosa que me cambió la vida entera.
Un día cualquiera en la Resi
A las ocho, arriba. Más o menos, como siempre. Eso no cambió de Gorliz a Aspace: a las ocho hay que levantarse, y a mí me tienen que levantar. Eso tampoco cambió, ni ha cambiado nunca.
Lo que cambió fue todo lo demás.
Después de levantarme y de desayunar, colegio. Sí, colegio, con 15 años y después de once de EGB en Gorliz. Ya lo conté: allí se planteó que yo podía seguir estudiando, y se planteó en serio. Así que por las mañanas tocaba clase, como a cualquier chaval de mi edad, con la diferencia de que mi clase estaba en el mismo sitio donde vivía.
Luego, rehabilitación. Esto para mí no era nuevo: llevaba haciéndola desde los 3 años. Rehabilitación es todo lo que se hace para que un cuerpo como el mío se mueva lo mejor que puede: estirar los músculos que se agarrotan, entrenar los que sí puedes controlar, evitar que las posturas de la silla te vayan torciendo con los años. No cura la parálisis cerebral, porque no tiene cura. Pero marca la diferencia entre un cuerpo que se va cerrando y uno que aguanta.
Y logopedia. La logopedia es el trabajo con el habla, y en mi caso era de lo más importante. Como conté en la primera entrada, a mí la parálisis cerebral me afecta también a los músculos de la boca y de la garganta, y por eso me cuesta hablar y a la gente le cuesta entenderme. Un logopeda es la persona que te ayuda a sacarle el máximo partido a lo que tienes: a respirar mejor para que salga la voz, a colocar la boca, a que se te entienda un poco más. No es magia. Es ejercicio, como el del gimnasio, pero de la boca para dentro.
Y después, etcétera. Porque un día en la Resi estaba lleno de etcéteras: las comidas, las tardes, los talleres, los ratos muertos, la gente. Todo lo que hace que un sitio sea un sitio donde vives y no un sitio donde te tienen.
Visto desde fuera, puede parecer un día muy parecido al de Gorliz: horarios, terapias, un edificio. Y en el papel lo era. Pero yo ya lo he dicho y lo repito: la diferencia no estaba en el horario. Estaba en cómo te trataban dentro de ese horario.
Los recreos
Entre una cosa y otra había recreos. Y en los recreos pasaba algo que yo no había visto en mi vida.
Había chavales jugando al fútbol. En silla de ruedas. En silla de ruedas eléctrica.
Que a lo mejor a ti, leyéndolo hoy, no te parece nada del otro mundo. Pero ponte en mi sitio. Yo venía de once años en un sitio donde el deporte, para un crío como yo, no existía. Ni el deporte ni casi nada que tuviera que ver con jugar. Y de repente, delante de mis narices, en un patio, había gente con un cuerpo como el mío persiguiendo un balón, chocando, marcando goles, gritando.
Me quedé mirando. Los primeros días, solo mirando. Y un día me dije lo que se dice en estos casos, la frase más corta y más importante que existe:
¿Por qué no?
¿Por qué no yo? Si ellos podían, si tenían un cuerpo como el mío y estaban ahí, en medio del patio, con el balón. ¿Por qué no?
Había un problema, eso sí. Ellos jugaban con silla eléctrica. Y yo no tenía.
La silla
Hasta entonces yo había ido siempre en silla manual. Y silla manual, para alguien que no puede mover bien los brazos, quiere decir una cosa muy sencilla: que te lleva otro. Vas a donde te llevan, cuando te llevan, al ritmo del que empuja. Si nadie te empuja, te quedas donde estás. Así de simple, y así de duro.
Una silla eléctrica es otra cosa. Lleva un motor y una batería, y se maneja con un mando pequeño, una palanca que mueves con la mano, o con lo que puedas mover. Y con eso vas tú. A donde tú quieras. Cuando tú quieras.
La solicité. Y me la concedieron.
Y no voy a buscar una frase bonita para contar lo que fue aquello, porque la frase la tengo desde el primer día y es esta: fue la libertad.
Piensa en lo que había sido mi vida hasta ese momento. Gorliz, once años, donde ibas a donde te llevaban. Logroño, un año o dos en un cuarto piso sin ascensor, donde no salía casi nunca porque para salir hacía falta que alguien me bajara. En quince años de vida, yo no había decidido nunca a dónde ir. Nunca. Ni una vez.
Y de repente, una palanca. Y un pasillo que se recorre solo. Y un patio al que llegas sin pedírselo a nadie.
No fue de un día para otro. Llevaría un año en Aspace cuando me la concedieron. Un año viendo a los demás moverse por el patio mientras a mí me llevaban. Un año pidiendo que me acercaran, que me llevaran, que me esperaran. Y cuando por fin la tuve, lo que sentí no tiene mucho misterio: me sentí libre a la hora de ir a los sitios. Así de sencillo. Quería ir al patio, e iba. Quería ir a ver a un amigo al otro lado del pasillo, e iba. Sin pedirlo, sin esperar, sin que nadie tuviera que dejar lo que estaba haciendo por mí.
Muchas veces he pensado que la gente no entiende lo que es una silla de ruedas hasta que la ve así. La ven como el símbolo de lo que no puedes hacer. Y para mí la silla eléctrica fue exactamente lo contrario: fue la primera cosa en mi vida que me dijo lo que sí podía hacer.
Y me animé
Con la silla nueva, me animé. Bajé al patio, me metí en medio, y jugué al fútbol.
El fútbol en silla eléctrica no es fútbol de mentira. Se juega con un balón grande, se lleva un protector delante de la silla, una especie de parachoques, con el que golpeas el balón, y hay que manejar la silla con precisión para regatear, pasar y tirar. Es rápido, hay choques, hay goles y hay quien se lo toma muy en serio. Con el tiempo se ha convertido en un deporte con sus reglas, sus ligas y sus selecciones. Entonces, en aquel patio, era un recreo. Pero para mí era muchísimo más.
Porque era la primera vez en mi vida que jugaba. Jugar de verdad, con otros, con un equipo, con un balón que a veces iba a donde yo quería y casi siempre no. La primera vez que perdía y ganaba por algo que había hecho yo, con mis manos, en mi silla.
Del primer partido me acuerdo de una cosa, y es una sensación: fue un subidón. No por el resultado, que no tengo ni idea de cuál fue. Fue por lo que descubrí en medio de la pista: que podía hacer cosas que no habría imaginado nunca. Ni yo, ni nadie de los que me habían rodeado hasta entonces. Estaba ahí, moviéndome, dándole al balón, siendo uno más. Y ese subidón, el de descubrir que puedes, es una cosa que una vez que la pruebas no se te olvida. Y que quieres volver a sentir.
Y ahí, en ese patio, sin que yo lo supiera, empezó algo que iba a llegar muy lejos. Porque quien prueba a competir una vez, ya no lo deja. Pero eso viene después.
Casa, como en Gorliz
No quiero que parezca que todo era descubrimiento y alegría, porque no lo era. Había una cosa que seguía pesando igual que antes: casa.
Iba a Logroño en verano y en Navidades. Como en Gorliz. Las dos veces al año en que dejaba de ser un interno y volvía a ser un hijo y un hermano más. El calendario era el mismo que había tenido desde los 3 años, solo que ahora la Resi estaba en Navarra en vez de en Vizcaya.
Y echar de menos, se echa de menos igual desde un sitio bueno que desde uno malo. Eso lo aprendí entonces. Puedes estar bien, mejor que nunca, rodeado de amigos, con tu silla y tu patio, y aun así, por las noches, acordarte de tu madre, de tus hermanos, del piso, del ruido de una casa con mucha gente. Estar mejor no quita la falta. Solo la hace más llevadera.
Y el día antes de volver, el primer año, lloraba. Igual que en Gorliz. El cuerpo no entiende de matices: sabía que se acababan las vacaciones, que había que dejar a los míos otra vez, y hacía lo que había hecho siempre.
Pero aquí está la diferencia, y es la que lo cambia todo. En Gorliz lloré el día antes de volver durante once años, hasta el último. En Aspace, solo el primero. Al segundo ya no. Porque a lo largo de aquel primer año fui viendo que las cosas allí eran diferentes, y cuando llegaron las siguientes vacaciones y tocó volver, volví a gusto. Echando de menos a los míos, sí. Pero a gusto. Y eso, para alguien que había pasado once años temiendo el final de cada verano, es de las cosas más grandes que me han pasado.
Lo que me dejó aquel primer año
Si lo miro con distancia, aquel primer año en Aspace me dio tres cosas, y las tres me han acompañado hasta hoy.
Me dio una rutina que no era una condena. Levantarse a las ocho, colegio, rehabilitación, logopedia. Lo mismo de siempre, pero por primera vez con un sentido: para llegar a algún sitio, y no para pasar el día.
Me dio la silla. Mi primera silla eléctrica. La libertad, dicho en una palabra. Desde entonces he tenido unas cuantas, cada una mejor que la anterior, y todavía hoy, cuando estreno una, me acuerdo de aquella primera y de lo que significó ir a donde yo quería por primera vez en mi vida.
Y me dio el «¿por qué no?». Esa pregunta la aprendí en un recreo, mirando a unos chavales jugar al fútbol. Y desde entonces me la he hecho delante de cada cosa que se suponía que no era para mí. Casi siempre la respuesta ha sido la misma: no hay motivo. Adelante.
En la siguiente entrada cuento a dónde me llevó esa pregunta. Porque del fútbol de los recreos pasé a otras dos cosas que me estaban esperando en aquel mismo sitio, y que no me esperaba ninguna de las dos. Una tenía forma de pista de deporte. La otra tenía nombre y apellidos.

Leave a Reply