Vida sobre ruedas (III): entrar en Aspace, y lo que me supuso

La entrada anterior la dejé en Logroño, con 15 años más o menos, después de un año o dos en casa. Y con una maleta a medio hacer. Aquí va lo que había al otro lado de esa maleta.

Otra vez a hacer la maleta

Cuando apareció lo de Aspace Navarra, lo primero que sentí no fue alegría. Fue miedo.

Es normal, si lo piensas. Yo ya sabía lo que era salir de casa para ir a vivir a un sitio con horarios, con normas y con gente que no conoces. Lo había hecho con 3 años, y me había costado once años volver. Y ahora, cuando por fin empezaba a ser uno más en mi familia, tocaba irse otra vez.

Así que la maleta pesaba más de lo que pesaba. Dentro iban las camisetas y los pantalones, sí. Pero también iba Gorliz entero: las monjas, las duchas de agua fría, la sensación de que en un sitio así tú eres un problema que hay que gestionar. Yo no sabía si Aspace iba a ser otro Gorliz. Nadie me lo podía asegurar. Y con lo que llevaba encima, lo lógico era pensar que sí.

Salí de Logroño con esa idea en la cabeza. Del viaje recuerdo dos cosas, y las dos son la misma: la incógnita de lo que me esperaba, y las lágrimas. Fui llorando. Igual que lloraba de crío el día antes de volver a Gorliz después de cada verano, solo que esta vez ni siquiera sabía por qué iba a llorar al llegar. Lloraba por adelantado, por lo que pudiera ser.

Lo que es Aspace, dicho en cristiano

Antes de seguir, una palabra que va a salir mucho.

Aspace es el nombre que llevan las asociaciones que en España atienden a personas con parálisis cerebral. Hay una en cada territorio, y la mía era la de Navarra. Son entidades sin ánimo de lucro, que quiere decir que no están para ganar dinero, sino para dar servicio: colegio, residencia, rehabilitación, talleres, deporte, lo que haga falta para que una persona con parálisis cerebral pueda hacer su vida.

Pero eso es la definición de folleto. Lo que era Aspace para mí lo entendí los primeros días, y no está en ningún folleto.

Los primeros días: esperando el golpe que no llegó

Los primeros días en un sitio nuevo son de estar en guardia. Yo lo estaba. Miraba a la gente que trabajaba allí esperando ver la cara seria, la orden seca, el castigo por cualquier cosa. Todo lo que había aprendido en Gorliz me decía que eso llegaría, que era cuestión de tiempo.

Y no llegó.

Cuesta explicar lo raro que es eso cuando llevas toda la vida esperando el golpe. Te sientes hasta desorientado. Alguien te habla con normalidad, te pregunta qué te apetece hacer, te explica las cosas en vez de ordenarlas, y tú por dentro sigues pensando: “¿y esto? ¿cuándo viene lo malo?”.

Lo malo no vino. Y poco a poco, día a día, fui bajando la guardia.

Si me preguntas por un momento concreto, no lo tengo. Aquellos primeros días fueron un cúmulo de cosas, todas a la vez. Asustado, porque venía de donde venía. Y aliviado, porque sentí más libertad. Libertad entre comillas, eso sí: seguía siendo una residencia, con sus horarios y sus normas, y yo seguía necesitando ayuda para todo. No era libertad de horarios. Era libertad de trato.

Y eso venía de las personas. De los profesionales, que te hablaban como a uno más. De los compañeros, que enseguida fueron amigos. De la Resi, como la llamábamos, que era un sitio donde vivir y no un sitio donde te tenían. A nivel de humanidad, aquello era otro mundo. Y yo venía de un mundo donde la humanidad escaseaba.

De ser un caso a ser alguien

Si tuviera que resumir el cambio en una frase, sería esta: en Gorliz yo era un caso. En Aspace era alguien.

Un caso es un expediente. Tiene un diagnóstico, unas pautas, un horario de rehabilitación y poco más. A un caso se le atiende. No se le pregunta qué quiere.

Alguien es una persona con cosas por hacer. A alguien se le pregunta. Se le proponen cosas. Se le pone delante un objetivo y se le dice: “venga, a por ello”.

Y aquí está lo importante: yo era el mismo. Mi cuerpo era el mismo, mi parálisis cerebral era la misma, mi manera de hablar era la misma. Lo que cambió no fui yo. Lo que cambió fue cómo me miraban. Y cuando te miran de otra manera, tú también empiezas a mirarte de otra manera.

Eso, con 15 años y después de lo que traía, fue lo más grande que me había pasado en la vida.

La primera puerta: estudiar

La primera prueba de que aquello iba en serio fue el graduado escolar.

Hay que decirlo despacio, porque es más gordo de lo que parece. En Gorliz había cursado la EGB entera, la Educación General Básica, que era como se llamaba entonces al colegio desde los 6 hasta los 14 años. Once años allí. Y en once años, la idea de que yo pudiera seguir estudiando después no estuvo nunca encima de la mesa. No es que dijeran que no. Es que ni se planteaba.

En Aspace, alguien lo planteó. Así, sin más. Como si fuera lo normal.

Y empecé a estudiar para el graduado escolar, allí mismo, en el propio centro. Estudiando, con mis limitaciones para escribir y para hablar, pero estudiando. Mi cabeza era exactamente la misma que el año anterior en Gorliz. La única diferencia es que ahora alguien creía que servía para algo.

El título no lo saqué entonces. Lo saqué mucho después, en 1997, por un camino más largo del que imaginaba aquel día y que merece su propio capítulo. Pero la puerta se abrió ahí, en Aspace, con 15 años. Lo demás fue cuestión de cruzarla.

Lo que me supuso, visto desde hoy

Han pasado casi cuarenta años y lo tengo clarísimo: entrar en Aspace es el momento en que mi vida cambió de dirección.

No porque todo fuera fácil a partir de ahí. No lo fue. Ni porque Aspace fuera perfecto, que tampoco, como ningún sitio. Fue porque por primera vez alguien me trató como a una persona que podía hacer cosas, y yo me lo creí.

Antes de Aspace, mi ritmo lo marcaban los demás. Los horarios del hospital, las normas, lo que se esperaba de un crío como yo, que era muy poco. Después de Aspace, el ritmo empezó a ser el mío. Más lento que el de los demás, sí. Pero mío.

Y hay otra cosa que me dio, que en aquel momento no supe ver y ahora sí: me dio la pregunta. La de “¿qué más puedo conseguir?”. Esa pregunta no me la había hecho nunca, porque nadie me había dado motivos para hacérmela. Desde entonces no ha dejado de sonar. Cada vez que he conseguido algo, ahí estaba: ¿y ahora qué más?

Esa pregunta es la que me trajo hasta aquí, hasta este blog, hasta la vida que tengo hoy.

Lo de Gorliz no se borra. Sigue ahí, y lo conté como fue. Pero Aspace me enseñó que lo que te pasa de pequeño no tiene por qué ser lo que te pasa siempre. Que a veces solo hace falta que alguien abra una puerta y te diga que pases.

Yo pasé. Y de lo que había al otro lado, del deporte y de las medallas, hablo en la siguiente.

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