Vida sobre ruedas (II): volver a una casa que no recordaba

A los 14 años salí de Gorliz y volví a casa, a Logroño, con mi familia.

Dicho así suena a final feliz. Y en parte lo era. Pero volver no es lo mismo cuando llevas once años fuera.

El día que salí

No fue una decisión, ni mía ni de nadie. Fue el calendario. Acabé la EGB —los ocho cursos de colegio que se hacían entonces, de los 6 a los 14 años— y en Gorliz ya no había más que hacer. Se acababa la etapa y con ella se acababa mi sitio allí.

Vinieron a buscarme mi madre y mis hermanos.

Yo pensaba que salir del hospital iba a ser un alivio. Después de todo lo que he contado en el capítulo anterior, ¿cómo no lo iba a pensar? Se acababan las monjas, las auxiliares, los horarios, los castigos. Se acababa aquello. Lo lógico era sentir que me quitaban un peso de encima.

Pero…

Ese «pero» es este capítulo entero.

Llegar por primera vez a mi casa

Yo entré en Gorliz con 3 años. De la casa de antes no me quedaba nada: ni una imagen, ni un ruido, ni una voz. Así que aquello no fue exactamente volver. Fue llegar por primera vez a un sitio que, sobre el papel, era el mío de toda la vida.

Y ese sitio era un cuarto piso sin ascensor.

Lo digo así de seco porque así era. Una casa normal de familia numerosa, de las de entonces: escaleras para subir, escaleras para bajar, pasillos estrechos, puertas justas. Nada adaptado. Nada pensado para alguien como yo, porque cuando aquella familia se instaló allí, yo no estaba.

Dentro de casa no iba en silla de ruedas. No cabía, no tenía sentido. Me llevaban de un sitio a otro, me sentaban, me movían. Once años de hospital, con sus pasillos anchos y sus rampas, y de pronto una casa donde para todo hacía falta que alguien me cogiera.

Y luego estaban las escaleras de verdad, las de la calle. Cuatro pisos. Para salir de casa había que bajarme a pulso; para volver, subirme igual. Eso no se hace todos los días, ni por ganas ni por espalda. Así que salía muy poco. Muy poco.

Eso también es la accesibilidad, aunque entonces nadie usara esa palabra: no es solo si hay rampa en la puerta del ayuntamiento. Es si un chaval de 14 años puede bajar a la calle cuando le apetece, o si depende de que haya dos personas libres y con fuerzas para hacerlo.

Siete hermanos y mi madre

En aquella casa éramos mi madre y siete hermanos, yo incluido.

Once años dan para mucho. Los hermanos que yo había dejado ya no eran los mismos, y yo tampoco. Nos habíamos visto en las visitas, claro. Pero verse en una visita y convivir a diario son dos cosas distintas: una es un rato, la otra es la vida. Hubo que conocerse otra vez.

Del día a día se ocupaba mi madre. Casi todo el cuidado —levantarme, asearme, darme de comer, moverme por la casa— recaía en ella. Mis hermanos ayudaban, pero el peso lo llevaba ella. Una mujer viuda, con siete hijos, en un cuarto sin ascensor, y uno de esos hijos que necesita ayuda para todo. Lo cuento ahora y me doy cuenta de lo que era. Entonces no me daba cuenta de nada. Con 14 años uno no mide esas cosas.

Y en aquella casa faltaba alguien. Mi padre había muerto cuando yo tenía 7 años, estando yo en Gorliz. Volví a un sitio del que él ya no formaba parte. La casa había seguido adelante sin él. Y sin mí.

Lo bueno y lo duro, a la vez

Si me preguntas cómo fue, la respuesta honesta es: las dos cosas a la vez. Bueno y duro. No una temporada buena y luego una mala. Las dos al mismo tiempo, cada día.

Lo bueno era fácil de ver. Estaba en mi casa, con los míos, y por primera vez en once años nadie me metía en un horario de hospital. Se acabaron las monjas, las auxiliares y la disciplina. Eso, después de lo que había pasado allí, no es poca cosa.

Lo duro tardas más en contarlo.

No tenía amigos en Logroño. ¿Cómo iba a tenerlos? Mis amigos, los pocos que tenía, se habían quedado en Gorliz, repartidos por sus casas de media España. En Logroño no conocía a nadie de mi edad, y no había forma de conocerlos: no iba al colegio, no bajaba a la calle, no salía.

Y no hacía nada.

Lo escribo tal cual porque es la verdad y porque, de todo lo de aquella época, es lo que más me pesa cuando lo miro desde ahora. Un chaval de 14, 15 años, con la cabeza perfectamente en su sitio, ganas de todo y nada que hacer. Sin colegio, sin taller, sin nada. Los días eran todos iguales: la casa, mi madre, la tele, la ventana. Yo, que venía de once años con todo organizado —a esta hora esto, a esta hora lo otro—, me encontré de golpe con que no había nada organizado porque no había nada.

En Gorliz lo pasé mal por exceso: exceso de normas, de disciplina, de manos duras. En Logroño lo pasé mal por defecto: por falta de todo lo que un chaval de esa edad necesita para crecer. Son dos formas distintas de estar encerrado. Y yo pasé de una a la otra sin escala.

Lo que veía y no entendía

Y además me tocó ver cosas que no entendía. Yo venía de once años en una institución, donde todo estaba dicho: los horarios, las normas, quién mandaba. Y llegué a una casa donde pasaban cosas que nadie me explicaba y que yo, con 14 años, no sabía leer.

No voy a entrar en detalles, porque no me toca contar la vida de nadie más. Diré solo que fueron los años en que la droga se llevó por delante a mucha gente en este país, y que a mi alrededor también hubo malos ratos. Yo miraba, no entendía, y me callaba.

Callarme era lo único que sabía hacer bien. En Gorliz había aprendido que protestar no servía de nada. Aquí ni siquiera sabía qué habría tenido que protestar.

Un año o dos

Estuve allí un año o dos. Visto desde ahora puede parecer poco, pero fueron los años en que dejé de ser un crío de institución para empezar a ser, simplemente, uno más de la familia. Aunque fuera uno más que no salía, que no hacía nada y que dependía de su madre para todo.

La salida no vino de dentro de casa. Vino de fuera, y casi de casualidad.

Conocimos a una trabajadora social —la persona que, desde los servicios sociales, te orienta sobre qué ayudas y qué centros existen para tu situación— y fue ella la que nos habló de Aspace Navarra. Nosotros no lo conocíamos. No sabíamos ni que existiera un sitio así. Ella nos lo contó, solicitamos plaza, y me la dieron.

Y fui.

Así de corto, porque así de corto fue. Pero significaba, otra vez, hacer la maleta y salir de Logroño. Y eso ya es la siguiente historia.

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